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Written by Sylvia María Valls
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Thursday, 10 December 2009 22:12 |
Cómo “leer” a Simone Weil
del Dominico Alain Birou, q.p.d.
Publicado en los Cahiers Simone Weil [CSW],
abril de 1981.
Traducción de: Sylvia María Valls
“Fe, justicia; sentido de una justa disposición interior y sentido de la lectura. Es la disposición interior lo que logra la lectura correcta y no existe más ningún otro criterio”. (Cuadernos, II2
Se necesita ciertamente mucha audacia y algo de inconsciencia para atreverse a escribir una vez más de forma global y “englobalizante” sobre Simone Weil. Quienes a penas han oído hablar de ella y no han frecuentado sus escritos no pueden sospechar de cuán extraordinaria existencia se trata. Quienes la han leído y creído comprenderla tienen toda la razón de dudar a priori de cualquier exegeta que nos venga a hablar una vez más sobre Simone Weil.
A pesar de lo cual, quizá no resulte totalmente inútil y vano abordar un nuevo acercamiento a esta vida y pensamiento tan por encima del promedio de las buenas mentes, de los buenos filósofos y de los buenos teólogos. Aquí se querría no tanto explicar el pensamiento de Simone Weil que resulta, en el más alto grado, inexplicable, como introducirnos a lo que podría llamarse una comprensión interior de su experiencia de vida y de pensamiento. Al no estar haciendo trabajo de comentarista, no me sujeto a sostener cada una de mis afirmaciones por medio de referencias sistemáticas.
De mi asidua frecuentación de Simone Weil he adquirido la certeza de una continuidad de pensamiento en una evolución de vida y de experiencia espiritual, de una sorprendente unidad de trayectoria “sobrenatural”. Desde Oppression et liberté y Le Déracinement, esas dos “grandes obras” como ella las llama, hasta sus Cuadernos pasando por L’Attente de Dieu (En espera de Dios), y sus otras cartas tan hermosas e instructivas, corre, a través de la vida y de la obra de Simone Weil, una abrasadora luz que obliga al lector a obedecer a la verdad de lo que ella dice: “Hay tesoros de misericordia divina para quienes desean la verdad. En ningún caso, suceda lo que suceda, no pueden permanecer enteramente en las tinieblas. En contrapartida de esta misericordia, está la obligación de pisotear en uno mismo todo lo que se oponga al paso a través de sí mismo de la verdad”. (Carta a Maurice Schumann, Escritos de Londres, p. 202).
REQUISITOS DE UNA “LECTURA CORRECTA”.
En repetidas ocasiones, Simone Weil habló de la lectura y del arte de leer no sólo los textos sino también los eventos y el devenir del mundo. Ella mostró los niveles de lectura y el método para pasar a un nivel superior por medio del buen uso de la contradicción. Se requiere de la dialéctica de los grados del saber para poder seguirla sobre los senderos que quiere ella que alcancemos. Por añadidura, todo lenguaje lleva en él su propio límite y, a pesar del rigor y a menudo de la perfección de su expresión, el lenguaje de Simone Weil es en sí mismo limitado; puede, sobre ciertos puntos ser cuestionado. Lo esencial no radica ahí, sino en la Realidad fundamental hacia la que el lenguaje apunta. Para llegar ahí, se hace necesario atravesar el mismo camino intelectual y espiritual del que nos habla ella, so pena de no comprender nada. La condición para entrar en la verdad que Simone Weil enuncia sería acceder al mismo heroísmo de vida y, me atrevo a decir, a la misma santidad: “No se entra en la verdad sin antes pasar por la propia aniquilación; sin haber transitado durante un largo rato en un estado de extrema y total humillación” (La persona y lo sagrado, Escritos de Londres, p. 34) [link al texto]
Lo que Simone Weil entiende por lectura expresa a la vez un modo de aprehensión y un nivel de comprensión. Encontramos ahí indicaciones para saber, a la vez, cómo “leer” a Simone Weil para no traicionarla y para comprenderla de forma vital. Es todo el problema del conocimiento, de sus niveles, de los requisitos y modos de acceso a los niveles superiores lo que aquí se nos presenta. A ello se añade el problema de las relaciones entre el conocimiento y el amor: “La inteligencia debe reconocer por los medios que le son propios la preeminencia del amor”. Precisamente, “la Fe, es la experiencia de que la inteligencia se ve esclarecida por el amor”.
El acercamiento al pensamiento de Simone Weil es una forma de conocimiento. El error que vicia todo conocimiento es el de creer que la razón funciona de forma unívoca como si fuera una podadora. Se estima que ésta puede ingerir cualquier verdad mientras permanece estirada en el cómodo sofá de la percepción inmediata para de ahí extraer una pizca sustancial. He aquí el error de cierta forma de acercamiento a la verdad. Nuestra inteligencia es la inteligencia del hombre marcada de bien y de mal: ella es como un agua más o menos límpida que permite que la penetren cualidades más o menos grandes. Para interiorizar nosotros mismos la experiencia de Simone Weil, deberíamos tener la misma profundidad y la misma limpidez que ella.
Al respecto, Kierkegaard escribió observaciones esclarecedoras: “Las cosas pertenecientes a un orden no son comprensibles sino por aquéllas que pertenecen a un mismo orden, y la vieja proposición: quidquid cognoscitur per modum cognoscentes cognoscitur debe ampliarse puesto que hay también un modo de conocer en el que el sujeto que instruye no sabe nada de nada, donde su conocimiento se reduce a una ilusión. En una observación en la que importa que el observador se encuentre en un estado preciso, queda claro que si no está en tal estado no conoce nada de nada… Para todo conocimiento que tenga rigurosamente como objeto la interioridad de la subjetividad, importa que el sujeto cognoscente se encuentre en este estado de interioridad”. (Obras, Post Scriptum, t. X, ´p. 50).
Esta cita se aplica ejemplarmente al acercamiento al pensamiento de Simone Weil porque se trata del pensamiento más interior, de mayor altura, más profundo que se quiera. Con todo y las manchas inherentes a la condición humana y a su propio acondicionamiento cultural e histórico, este pensamiento no se distingue del amor: su inteligencia se muestra totalmente dócil a un amor absoluto de Dios sobre ella; no hay separación alguna entre su experiencia diaria más cotidiana y la experiencia interior más luminosa.
ALZARSE AL NIVEL DE SU EXPERIENCIA ESPIRITUAL.
Lo que caracteriza el pensamiento de Simone Weil es que no se trata de un pensamiento extrínseco a su ser interior. Puede hablarse en relación a ella de santidad de la inteligencia: no hay ruptura alguna de planos entre su ser condicional en el mundo, su razón más rigurosa y su ser incondicional en Dios. Exige en ella una exigencia radical de pertenecer a Dios: su experiencia de Dios y del Cristo, del Dios de Jesucristo y de Jesús como manifestación humana de Dios es total: envuelve todo su tiempo y todos sus movimientos: penetra todo su corazón.
Al considerarse a la vez la vida y la obra de Simone Weil, resulta legítimo hablar de vocación en relación a ella. El término debe aquí comprenderse en el doble sentido más estricto: llamado de Dios que toca a su ser para llamarlo a Él –movimiento interior por medio del cual se sabe ella y se siente llamada por Dios. Quienes han leído el conjunto de sus escritos fácilmente se pondrán de acuerdo en esto. Quienes la conocieron y frecuentaron, sus padres, sus colegas, Albertine Thévenon, Anne Reynaud, Simone Pétrement, el PadrePerrin, Gustave Thibon, Joë Bousquet, Maurcie Schumann, los Closon y tantos otros también han estado de acuerdo en reconocer en SimoneWeil un destino excepcional caracterizado por lo que ella misma llamó la folie d’amour. “La locura de amor, cuando se ha amparado de un ser humano, transforma completamente las modalidades de la acción y del pensamiento. Está emparentada con la locura de Dios. La locura de Dios consiste en tener la necesidad del libre consentimiento de los hombres” (E. L., Escrits de Londres, p. 256 de la versión en francés, Gallimard). Nos dice además (C.S, Connaissance surnaturelle, p. 75 y pp. 247-8 de la ed. en fr.) que el amor sobrenatural incondicional es una locura.
En su última carta del 4 de agosto de 1943 a sus padres, antes del comunicado final del 16, deja algo así como un testamento sobre el sentido y el alcance de su mensaje. Se compara a los locos de las tragedias de Shakespeare que son los únicos en decir la última de las verdades: “En este mundo, solos los seres que han caído en el último grado de la humillación, muy por debajo de la humillación, no solamente sin consideración social, sino percibidos por todos como desprovistos de la más elemental dignidad humana --la razón-- solos ellos tienen de hecho la posibilidad de decir la verdad. Todos los demás mienten” (E.L., p. 255). Y, algo más adelante, añade: “Esto sigue siendo una respuesta sobre ‘lo que tengo yo que ofrecer’ ? (. . .) se sabe que una gran inteligencia con frecuencia es paradójica, y que a veces extravía un poco… Los elogios de la mía tienen por objeto evitar la pregunta: ‘Dice ella la verdad o no?’ Una reputación de ‘inteligencia’ es el equivalente práctico de ser etiquetado uno como el más loco de los locos. ¡Cuánto no preferiría yo esa etiqueta!” (E.L. p. 256).
Simone Weil permanece conciente de su llamamiento, si no a una vocación excepcional (puesto que para ella la santidad es la mínima exigencia para un cristiano. Cf., E.L, p. 209), al menos a una vocación eminente: identificarse al malheur [la desdicha o desgracia] de los más desdichados de los hombres. Esta identificación para ella no tiene sentido y no es posible sin un requisito preliminar doble: la identificación de Dios en Jesucristo con el último de los esclavos sobre una Cruz, su propia identificación con ese Cristo del cual habla tan a menudo, cuya presencia sintió en su corazón y quien la hiciera suya místicamente, probablemente en múltiples ocasiones.
Pero al igual que todos los que acceden a tales experiencias, ella permanece agudamente consciente de su falta de mérito, de su nadería y de su miseria; “No deseo para mí misma sino estar entre aquéllos a quienes se les prescribe pensar que no son sino unos esclavos inútiles, no habiendo hecho más que lo que se les había ordenado. Tengo miedo hasta el punto de angustiarme de, por el contrario, hallarme entre los esclavos indóciles”. (E.L. p. 211). Incluso está conciente de que su inteligencia expresa verdades que van más allá de ella misma y de las que no es merecedora. En el momento cuando esperaba aún ser reclutada para la Resistencia francesa, en 1942, le escribe a Maurice Schumann: “Aún cuando los pensamientos que pasan a través de mi pluma estén por encima de mí misma, me adhiero a ellos como a lo que creo ser la verdad; pienso recibir de parte de Dios el mandamiento de llevar a cabo una prueba experimental de que son incompatibles con cierta forma extrema del acto de guerra” (E.L., p. 203).
Es más: la vida y la muerte de Simone Weil, sus últimos años en particular, y el modo en que ella ofreció su vida no se comprenden sin percibir hasta qué punto quería ella ser identificada con el Cristo. O sucede, entonces, que bajo apariencias poco confiables, se ofrecen explicaciones contradictorias que descalifican a sus autores. Quien, cuarenta años a la postre, recorre su biografía, no puede sino sentirse interpelado por el modo en que Simone Weil comprendió y asumió su época y particularmente la guerra. Partiendo de un pacifismo integral, comprendió que debía comprometerse hasta el final, hasta “el acto de guerra” contra la injusticia radical y los horrores del nazismo. De cierta forma, fue de ello que murió. Puede decirse sin exagerar que dio su vida para asumir y ofrecerle al Dios en ella toda la desdicha de una humanidad destrozada, sangrienta, sufriente: “El Cristo sobre la Cruz tuvo compasión de su propio sufrimiento como si se tratara del sufrimiento de toda la humanidad en él. Su grito; ‘Dios mío, ¿por qué me has abandonado?´ lo gritaron todos los hombres en él”. Cuando ese grito sube al corazón de un hombre, el dolor ha despertado en las profundidades de su alma la parte donde yace, enterrada bajo los crímenes, una inocencia igual a la del mismo Cristo” (C.S., p. 308: Conocimiento sobrenatural).
Lo que dice Simone Weil sobre el sentido sobrenatural de la desdicha, sobre la compasión de Dios, sobre la Cruz de Cristo, en sus Cuadernos y sus últimos escritos y, simultáneamente, lo que vio ella de la guerra entre 1939 y 1943, llevan a pensar que ha buscado ella, hasta lo último, obedecer a un Dios de misericordia secretamente presente en el desgarramiento de los seres oprimidos, prolongando, hoy, el misterio de la Cruz de Cristo en la abdicación y el consentimiento de víctimas inocentes como ella. Resulta bastante remarcable que Simone Weil haya muerto a los 34 años de edad, probablemente la edad en que murió Jesús. No se nos prohíbe ver en ello una correspondencia o por lo menos un símbolo. Algo más remarcable aún es lo que ha vivido, ha sufrido y ha escrito durante los últimos tres años de su vida. Parece ser que en ella había algo así como un presentimiento de que no viviría por mucho tiempo. En particular, lo que escribe ella, entre finales de 1941 y su entrada en el hospital de Middlesex en abril de 1943, resulta sorprendente y prodigioso, al mismo tiempo por la amplitud de los temas abordados y por la unidad de visión que la anima. El nodo central, el luminoso corazón de ese mensaje va más allá del tiempo y nos iluminan hoy de forma muy directa.
Por la forma en que Simone Weil vive su propio sufrimiento físico y moral y recibe en su ser el sufrimiento y las penas de los hombres en esta guerra atroz, hace coincidir su propia vida y esta historia dramática de la humanidad con ese instante indivisible en el que la eternidad de Dios toca la línea del tiempo. Al igual que las más grandes mentes y los verdaderos místicos, no ha buscado decir sino una sola cosa o, más bien, explicitar el calor y la luz del Remanso de verdad que la habitaba.
RAZÓN Y SENTIDO DE LAS RESERVACIONES POR HACER.
Ello no quiere decir que haya que tomar todos los juicios de Simone Weil como palabra del Evangelio. Pero, incluso cuando se rechacen algunos de ellos, es necesario ver desde dónde habla y en cuál contexto es que habla así. Habría que examinar con todo rigor, objetividad y comprensión ciertas tomas de posición, ciertas repugnancias y repulsiones en relación a todo lo que, de cerca o de lejos, apesta de la “gruesa bestia” social. No es el lugar aquí de llevar a cabo este examen crítico que, de por sí, exigiría quizá un libro y que obligaría a entrar en sangrientas polémicas. Me parece, sin embargo, que se pueden enunciar algunas reglas de apreciación. Mientras más Simone Weil se refiere a lo Absoluto de su experiencia espiritual, al Remanso donde su corazón palpita, más resulta ella justa y verdadera. Mientras más habla de lo contingente y de lo social, más mezcla esquemas culturales, sus intuiciones, su mentalidad y a veces sus prejuicios a esta lava que brota a borbotones. Este criterio permite comprender su mirada radical y crítica sobre la historia y sobre la sociedad.
En estas esferas ella resulta bastante maniquea: quiere separar el Bien del Mal en los eventos históricos y sociales desde el principio: entra así en contradicción con todo lo que con frecuencia dice ella sobre el hecho de que el Bien real está en Dios solo y que aquí abajo todo bien es parcial, teñido de oscuridad; esto incluye su misma vida y sus propios escritos y, por lo demás, permanece conciente de ello.
Semejante actitud proviene de la necesidad radical en ella de consagrarse a un Bien absoluto y de luchar contra los males y las continuas desgracias de los hombres. Simone Weil fue muy lejos, mucho más lejos que la mayoría de quienes se reclaman de Cristo, en la comprensión vital del Amor primordial que desciende de Dios a Jesucristo. A partir de esta experiencia esencial y fundadora, ejerce una lógica espiritual implacable, a la vez sobre su manera de vivir y de pensar como sobre el devenir histórico de la humanidad. Es por lo que, incluso cuando dice ella cosas injustas y exageradas, tiene un motivo trascendente (sobrenatural, diría ella) para enunciarlas y no falta que haya alguna lección que sacar de ello.
En la misma perspectiva y con la misma luz central Simone Weil retoma de forma penetrante el pensamiento ajeno pero, para fundarlo, para integrarlo vitalmente al suyo propio. De ahí los equívocos y debates sin fin sobre una Simone Weil platónica, hinduista, cátara, y, finalmente, sincretista. Es más, me atreveré incluso a decir que carece de interés debatir sin fin para saber hasta dónde Simone Weil es ortodoxa o heterodoxa. De todas formas, hace falta escuchar y comprender los centenares de fragmentos en los que habla de un Dios que no es otro sino Jesucristo y donde el Cristo histórico aparece como una manifestación de Dios. Lo que dice ella misma de forma explícita queda neta y claramente dicho; tras haberle explicado a Maurice Schumann, en los últimos tiempos de su vida, cómo ha participado ella por la Fe en los sacramentos de la Iglesia, añade: “así que, con o sin razón, no creo estar fuera de la Iglesia en el sentido de constituir ella una fuente de vida sacramental sino solamente fuera de la Iglesia en tanto que realidad social” (E.L, p. 205) .
Por no haber entrado oficialmente en la Iglesia y, sobre todo, al no haber tenido ella la experiencia de la Koïnonia eclesial en Cristo, toda una dimensión esencial del cristianismo vivido en el tiempo se le escapa, al menos parcialmente, a raíz de su radical desconfianza hacia la realidad socio-histórica de la Iglesia que ella condena sin matices. Pero ciertos teólogos, que se encuentran socialmente dentro de la Iglesia, se hallan mucho más alejados que ella de la experiencia interior del misterio cristiano, incluso hasta decir sobre Cristo cosas que ella habría juzgado inadmisibles e inaceptables. Al no haber ido tan lejos como ella en la experiencia del misterio del Amor de Dios en Jesucristo, hablan, desgraciadamente, de forma indefinida sobre el Cristo con una mentalidad poco convertida a la profundidad de este misterio.
Por lo demás, pensadores religiosos y propiamente cristianos, como Kierkegaard o Berdiaev, han sido marginales en relación a su respectiva iglesia; ¿se les va a echar en cara haber rechazado su Fe declarada al Cristo? ¿El testimonio de ellos y sus escritos acaso no tienen valor para todo creyente que busca profundizar en su fe? Es por lo que un cristiano conciente del lugar en el que se sitúa su Fe encontrará provecho espiritual y ahondamiento en sus razones de vivir por medio de la frecuentación del pensamiento de Simone Weil; pues este pensamiento y la vida que le corresponde son una de las expresiones más altas y excepcionales del deseo de identificarse radicalmente con Cristo. Este compromiso es tan total, su corazón tan recto, su inteligencia tan lúcidamente obediente, que le aporta al creyente el testimonio y la expresión de un cristianismo extraordinariamente profundo. Penetró e indagó con esta luz intelectual las dimensiones oscuras, las partes negativas de la existencia humana, de la desdicha, del mal y del pecado de los hombres. Miró cara a cara sin escape las contradicciones, los límites, la finitud y el carácter perecible de todo lo que releva del tiempo, del espacio y del movimiento.
UNO DE LOS MÁS GRANDES PENSAMIENTOS DE TODOS LOS TIEMPOS
Su inteligencia ha recorrido, medido y esclarecido, o poco menos, todos los principales campos en los que se ejerce y a los que a menudo se aferra la razón humana. Trituró sin piedad todos los sistemas de explicación cerrados. Por lo general, en la mayoría de los pensadores, incluso los mejores, la razón hace juego con lo absoluto, gira sobre sí misma, busca salidas para hacerse autosuficiente; se escapa, y es el hombre el que se escapa en sus razonamientos científicos y su metafísica misma. Con Simone Weil, todo lo contrario: porque hablaba en un tono de obligación moral, algunos vieron en ella a una kantiana. Es, de hecho, anti-kantiana: Kant define y promueve una razón maestra de sus certezas y de sí misma y establece seguidamente ámbitos en los que le tapa la boca a esa razón. En 1787 escribe: “Debería suprimir el conocimiento para encontrarle un lugar a la fe”. Con Simone Weil, estamos ante un itinerario de cierta forma a la inversa. Su profunda inteligencia empuja a su razón a ser coherente consigo misma hasta el final, a medir todas las capacidades y sus límites y a reconocer simultáneamente una trascendencia y una inmanencia en los diversos ámbitos en los que se ejerce: científico, ético, político, estético.
Me atrevo a escribir, pero ello demandaría una larga y atenta demostración, que después de la muerte proclamada de la metafísica y ante la incapacidad de los filósofos de pensar unitariamente y de explicar razonablemente la dislocada humanidad de nuestra época, el pensamiento de Simone Weil es el único que le otorga una coherencia y un sentido a la incoherencia y al sin-sentido de los lenguajes ideo-antropológicos, de los conocimientos científicos, de los poderes técnicos, del querer político, de los deseos pasionales de los hombres en incesantes conflictos y continuas guerras asesinas.
El pensamiento de Simone Weil evita toda sistematización, es lo opuesto de un sistema, porque este pensamiento consiste de su inteligencia cordial, indisociable de su ser en el mundo con su masa de oprimidos, de explotados, de esclavos. Si se está en libertad de “ordenar” sus escritos, de desprender de ellos temas, motivos , acuerdos dominantes, esta filósofa de profesión no tenía un proyecto filosófico. Se quiere exclusivamente sirvienta dócil de una verdad que la habita, portavoz vigorosa de un mensaje que la rebasa.
Simone Weil es la gran atenta de lo absoluto. “Sólo la operación sobrenatural de la gracia hace pasar a un alma a través de su propia aniquilación hasta el lugar donde se alcanza el tipo de atención que sola ella permite permanecer atento a la verdad y a la desdicha. Es la misma para ambos objetos. Es una atención intensa, pura, sin móvil, gratuita, generosa. Y esta atención es amor” (E.L., p. 36). Y, un poco más adelante, explica cómo el espíritu de justicia y el espíritu de verdad sólo hacen uno. Y dice, por lo demás , que la justicia consiste, para un hombre, en saber mantenerse entre los límites. Así, podemos verificar, por medio de esta sola cita, lo que conforma la acuidad de la percepción y la unidad de visión de tal pensamiento. Se sitúa en un lugar muy alto o profundo, “del lado de Dios”, que unifica al mismo tiempo su vida y su visión.
Para “pasar del lado de Dios” de tal forma, “hacerse hijos de la casa”, se necesita un consentimiento y un regreso de la razón sobre sí misma: “La posibilidad de semejante cambio de punto de vista es inconcebible sin experiencia (…) Este consentimiento de entrada es un puro absurdo. Resulta igualmente en verdad sobrenatural. Es la obra de la gracia sola. Dios opera en nosotros sin nosotros, siempre y cuando le dejemos hacer” (Intuitions pre-chrétiennes, p. 153). El hombre no puede elevarse hasta este nivel sino en y por Cristo: “El Cristo es esta llave que encierra juntos al Creador y a la creación. El conocimiento, al ser el reflejo del ser, Cristo es también, por ello mismo, la llave del conocimiento (…) Todo hace avanzar a aquél que siempre mantiene los ojos fijos sobre la llave. Sólo que hay que verla” (Int precr., pp. 164-5 [ed. en fr.]).
A pesar de ser el pensamiento de Simone Weil de una gran coherencia y de un rigor estricto, resulta lo contrario de un sistema. Es un contrasentido hablar, en relación a ella, de una construcción intelectual en la que las tesis se encajonan unas dentro de otras; equivale a falsear absolutamente la verdad de Simone Weil, a dejar de lado su mensaje esencial el considerarla como autora de un sistema filosófico, antropológico y teológico. La suya es la voz de un testimonio del Infinito que se ofrece para ser escuchado. Pero para ello hace falta cierta calidad de escucha. Ella barre las realidades humanas y temporales con una luz que viene de Dios. Es en este sentido que ella es mística, lo cual, a su vez, requiere explicaciones. La verdad viene de Dios. Es la expresión de su misericordia. Poco importa la persona a través de la que ésta pase.
Simone Weil define la mística ella misma como “el tránsito más allá de la esfera en la que bien y mal se oponen, y eso por medio de la unión del alma con el bien absoluto” (E.L., p. 102). Es una transformación posible sólo para Dios, presente en nosotros como lo infinitamente pequeño, como una pepita de mostaza (E.L., p. 103). Toda la sensibilidad y la inteligencia de Simone Weil han estado concientes de esta presencia interior y atentas a dejarle todo la plaza a esa presencia. Su pensamiento entero se encuentra marcado por el deseo simultáneamente intelectual y espiritual de acercarse cada vez más a una fuente de ser, de sentirse y de quererse totalmente implicada en un drama en el que Dios se compromete por nosotros. Es, al mismo tiempo, una atención extrema al misterio de su ser-en-el-mundo hasta la experiencia radical de la relación ontológica en Dios a cada momento de su vida, por debajo de las grandes corrientes religiosas de la historia, más allá de las ideologías circundantes, en el seno mismo de sus propias experiencias limitantes y limitadas.
Efectúa una aprehensión del mundo como señal de Dios y lee en todo el universo las huellas de su Amor. Expresa la exigencia de un pensamiento jamás satisfecho, absoluto, radical, que proyecta su radicalismo sobre los eventos de esta historia. Si a veces, con ella, se solicita entrever el sentido de los sucesos, no lo hace por doctrina, como se ha escrito, sino por una exigencia de absoluto y a veces en contradicción con su propio pensamiento profundo, como hemos dicho más arriba. Lo que admira y lo que condena opera en función de lo que ella proyecta de su pensamiento o cree ella descubrir de este pensamiento en las filosofías o en los pensamientos religiosos que estudia.
Criticó duramente a la Iglesia católica no para destruirla o rechazarla, sino porque se instaló deliberadamente en su entrada, bajo el pórtico mismo de ella, con el gran portal abierto y mirando, en una adhesión profunda de Fe, hacia el altar eucarístico. Criticó diversos aspectos del cristianismo histórico, pero sólo para llevar a cabo una vigorosa limpieza de sus oxidaciones o escamas con tal de rescatar el afilado cuchillo de la palabra de Dios y el oro puro del Amor de Cristo. También, cuando habla directamente del doble misterio central de la Creación y del descenso de Jesucristo por amor de los hombres, encuentra expresiones y un acento que resultan inigualables: son al mismo tiempo el resultado intelectual de un pensamiento riguroso y la expresión de una experiencia interior que hemos llamado mística. Se reconocía a sí misma como muy inferior a su hermano quien había tenido, decía, una juventud análoga a la de Pascal. Sin embargo, podría decirse que ella se hallaba situada, por igual, en “ese reino trascendente en el que los hombres auténticamente grandes son los únicos que logran entrar y en donde habita la verdad” (A.D., p. 72).
CONCLUSIÓN
Las palabras, las frases, en su composición y entrelazamiento más o menos juicioso, son las mensajeras del universo sobre el que escribe: es necesario, de algún modo, haber estado ahí para comprender lo que trasmiten. Simone Weil habla de un lugar central a partir del cual se difunde una luz que ella proyectó sobre toda su vida y toda su obra. Hay, en ella, una inspiración esencial que se sitúa por encima del tiempo y que se modela en expresiones marcadas todas por una intuición o experiencia fundamental. Reconocía tres formas de la presencia de Dios en el universo y vivía particularmente la inspiración que para ella era la presencia de Dios en el alma: “La presencia de inspiración se halla únicamente en la parte silenciosa del alma” (Cuadernos, II, p. 270, de la edición de Gallimard en francés).
El acto mediante el cual Simone Weil nos comunica la verdad del Amor de Dios sobre el mundo y sobre ella no es exactamente idéntico al acto mediante el cual ella se da a Dios sin reserva alguna, desciende al lugar del brote original de su ser para vaciarse de sí misma y dejarle todo el espacio a Dios; pero, al igual que con los grandes místicos, la separación se debe a la condición misma del acto humano en el tiempo. Simone Weil misma se halla en la contingencia de las condiciones históricas; está en marcha, es decir, atenta a un mismo tiempo al misterio extremo de Dios y al drama de la humanidad, lo cual en Cristo viene siendo, de alguna forma, la misma cosa. Quiso dar su vida para ayudar a liberar a su patria. Su ofrecimiento no fue aceptado. Este rechazo se convirtió en su agonía. Fue de ello que murió.
¿Cómo podemos nosotros juntarnos con Simone Weil en la unidad de esa vida interior en la que se sitúa, cómo podemos seguirla por las altas esferas de purificación y obediencia desde la que emite su mensaje en relación a la verdad? El grave problema que se le presenta a nuestra inquieta conciencia es conocer y desear adquirir la experiencia espiritual que nos sitúe sobre una onda con la misma frecuencia que la de ella: Es la disposición interna la que hace la lectura correcta, ella misma ha dicho, y no existe otro criterio sino ése.
Intentar entablar comunicación con la experiencia interior de Simone Weil no significa poder llegar a ella o reproducirla en sí misma de forma directa. Es posible, no obstante, ser uno mismo lo suficientemente constante y permanecer fielmente extendidos hacia ese Dios que mendiga nuestro amor, razón de ser fundamental en ella para comunicar con su itinerario. Los espacios más secretos de nuestra interioridad resultan incomunicables: algunos espíritus como Simone Weil traen con ellos desde allá una luz fulgurante que conforta y esclarece nuestros acercamientos más tentativos.
Al contrario de como hubiera preferido ella, puede que nos hayamos demorado más de la cuenta en elogiar aquí sus escritos y en hablar de su superioridad: “Una comida no se compara: se come. Igual que las palabras, escritas o pronunciadas, se comen en la medida en que resultan comestibles, es decir, en la medida en que contienen en ellas la verdad. No es otra su destinación” (E.L. p. 202). Simone Weil, en última instancia, no quiso saber sino una sola cosa, la única necesaria: el misterio de nuestra relación con Dios y de la relación con el Amor que baja de Dios hacia nosotros. Para comprenderla enteramente, hay que seguir de forma deliberada su ejemplo, considerándonos a nosotros mismos indignos e incapaces de penetrar en su mensaje esencial mientras no nos hayamos adherido nosotros mismos al Misterio que la poseía y otorgado un sí radical a la Presencia que la habita. Como ella misma lo expresa (Cuadernos, II2, p 139), afirmar, negar, discurrir, juzgar a propósito de su pensamiento profundo, tendría como resultado “degradar los misterios de la fe”, “cuando deben ser objeto de contemplación”.
Alain BIROU
Alain BIROU, de los Hermanos Predicantes, nacido en Quercy en 1916, trabajó veinticinco años con el Padre Lebrel y treinta años en Economie et Humanisme. Publicó numerosos artículos sobre problemas socio-económicos vinculados al desarrollo y en relación a la presencia del cristiano en el mundo moderno. Entre sus obras: Vocabulaire pratique des Sciences sociales (Ed. Ouvrière); Pour un autre développment (P.U.F.): Combat politique et foi en Jesús Christ (Ed. Ouvrières). [Aparece su dirección de aquella época. Link a un resumen de su vida y obra publicado por Alain Devaux en los Cahiers pour l’étude de la pensée de Simone Weil a la hora de su muerte. Uso “Cahiers” para la revista de la Asociación y Cuadernos para referirnos a sus cuadernos numerados I, II, III etc…]
, p. 204)
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Last Updated on Tuesday, 12 January 2010 20:53 |
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